jueves, 10 de diciembre de 2009

De la Antártida a Copenhague


El pasado 1 de Diciembre, en la Antártida, se reunieron ballenas, elefantes marinos, pingüinos y unos locos investigadores, para soplar las cincuenta velitas del Tratado que empezó a regular y a cuidar de su continente. Un continente, tan afectado por los desmanes que en el resto del Planeta hacemos el resto de la Humanidad. Ya pasaron los tiempos en que la Antártida era el guión perfecto de aventureros y escritores. Incluso se calmaron los deseos colonizadores y nacionalistas de querer poner una u otra bandera en el blanco hielo del Polo Sur.
Hoy en día, la Antártida alberga unas ochenta estaciones científicas, que congregan en torno a unas cuatro mil personas, dependiendo de la estación meteorológica del año. Gracias al Tratado, el Mar y la Tierra antártica se pueden considerar como continente exclusivamente para la ciencia. El Tratado, firmado en 1959 fue firmado originalmente entre 12 países, España se adhirió definitivamente un poco más tarde, en el año 1982, y hoy ya son veintiocho los países signatarios. El verdadero problema es la ambición de muchos Estados por “meterle mano” a los gigantescos yacimientos minerales que desde hace mucho tiempo se suponen en sus profundidades, la nueva “fiebre del oro” y la ambición por la riqueza escondida debajo de la capa de hielo. Como reza en el lema de muchas organizaciones ecologistas, el Océano Antártico tiene que seguir siendo un mar de colores, un mar de vida, donde se reflejan los riesgos del cambio climático.
Este lunes 7 comenzó otro evento que igualmente tiene que ver con la Antártida y en general con nuestro Planeta, la cumbre de Copenhague sobre cambio climático: de lo que hagan en ella y del papel que jueguen los líderes mundiales dependerá mucho que la Antártida siga siendo lo que es y que el Tratado pueda seguir manteniendo el continente con la virginidad con la que Magallanes, en 1520, quiso ver la antigua Terra Australis Incognita.

Artículo publicado en DIARIO DE CÁDIZ